Un Cuento De Relojes

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


- Julio Cortázar -
- Historias de cronopios y de famas -
- Buenos Aires, Sudamericana, 1994 -


Santa Bernardina Del Monte

Para ahorrar energía eléctrica, las autoridades de Santa Bernardina del Monte dispusieron que a la hora cero del día veinticinco los relojes se atrasaran una hora, pasando a marcar las veintitrés horas del día venticuatro.

De este modo la gente que tuviera que levantarse a la hora siete del día veinticinco no tendría que prender ninguna luz, ya que en realidad serían las ocho y el sol estaría ya en plena actividad.

Cuando llegó el momento –la hora cero del día veinticinco– la gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Fueron entonces –volvieron a ser– las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar la hora cero del día veinticinco. La gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Volvieron a ser entonces las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar la hora cero del día veinticinco. (...)

Tres días después del cambio de hora, un funcionario del gobierno central que pasaba por el pueblo interpretó la actitud de los lugareños como huelga general por tiempo indeterminado (...) diez mil soldados entraron con helicópteros y tanques a Santa Bernardina, aniquilando a los insurrectos”.

- Leo Maslíah, 1990. -

Comentarios

el pablo dijo…
Hola pipito...

Me alegro mucho de que finalmente compartas las cerradas puertas de tu pieza de locura, donde pequenos duendes te guian para componer melodias que dejan sordos a los perros y mudos a los humanos. Esta virtualidad inexistente, de apoco se convierte en una poderosa arma para los que estamos dispuestos a batallarle al reloj, sus preciados minutos. Seres como nosotros, extranos a tanta calamidad, debemos desenvanar las plumas y afilar los grafitos, para que de una vez por todas, ese mundo que llamamos realdad, gotee la sangre que lo hara parir de este mundo, otro mundo...

un abrazo para ti ah

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