Era un día feliz / El Terremoto y el Mito

Era un día feliz

Tentenvilú había creado el Archipiélago de Chiloé. Ahora descansaba sobre una roca.
En ese momento se presentó Caicaivilú y le dijo:
- Como soy mas astuto que tú porque veo debajo del agua, quiero poseer tu imperio para reinar sobre los hombres.
El Dios de la Tierra, después de reflexionar detenidamente, respondió:
- Bien, tu deseo merece una oportunidad, pero tus dominios sólo abarcarán hasta donde veas tierra, lo verde será mío.
El Dios del Mar inclinó sus fauces y agregó con fruición:
- Gracias por tu generosidad, pero ¿cuándo será eso?
- Al nacer el sol subsiguiente. Necesito ese tiempo para prepararme.
Mientras se alejaba hacia las profundidades del Océano iba pensando: "Este Tentenvilú pretende confundirme con palabras misteriosas. Pasado mañana seré dueño del Archipiélago, y así, cubriré todo con mis aguas eternas. En cuanto a él, lo que más hay allá arriba son piedras y arena... ¡Tierra!.. ¿Verde? ¡Qué cosa más ridícula! ¡La tierra no es verde!
Al tercer día desplegó sus aletas y emergió con aires de triunfo.
Pero durante el día anterior, Tentenvilú había creado la vegetación, las colinas y los bosques mas exuberantes, de manera que Caicaivilú encontró todo verde.
Terriblemente indignado lanzó una diatriba.
- ¡Esta vez me has engañado!... Pero ya verás lo que hago con los seres que habitan tus dominios. Haré que se levante una espantosa marejada y todos morirán ahogados.
Y creó el Maremoto.
Tentenvilú se levantó, sonrió y dijo:
-Yo crearé el temblor que anunciará tu furia y así nadie será sorprendido.
Ademas el Dios de la Tierra, creó la cordillera de la Costa, por lo que resultó inútil la amenaza de Caicaivilú.

Cuentos Ancestrales de la Región Williche. Hector Véliz. Editorial Mentanegra.
Cuento de raigambre ancestral. Escrito acerca de los mitos creadores del Archipiélago de Chiloé.

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El Terremoto y el Mito
En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.
Por Héctor Véliz

La historia oficial nos habla de cataclismos, y hasta tiene su ciencia específica para los terremotos: la sismología.

La historia popular es el folklor, según los creadores de la ciencia oficial; y allí se pueden encontrar los mitos primordiales de la creación mapuche: Tentenvilú y Caicaivilú. Ambas visiones de la realidad conviven en nuestro Chile que deviene también de la Nación Mapuche.

En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).

Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú.

Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).

En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.

Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.

El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.

El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia.

El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar.

Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta.

Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.

Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.

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