Esculturas en palos de fósforos
Cristhían Hernández Mariangel
Fuente: Microesculturas
...Nosotros los músicos tenemos que hacer lo nuestro, lo que constituye nuestro deber y nuestra obligación; hemos de tocar precisamente lo que la gente pide en cada momento, y lo hemos de tocar tan bien, tan bella y persuasivamente como sea posible...



Odiaba caminar por el barrio. Me enojaba. Me parecía feo. Intimidatorio. Mi madre me mandaba al almacén, cuando tenía siete años, porque era a la vuelta y “no había que cruzar la calle”. A los 10, ya me agregaba a la lista de mandados, ir hasta el Mercado de Defensa, a tres cuadras y media. Pero yo detestaba también ese trayecto. Apretaba la mandíbula fuerte y la colocaba hacia adelante. En actitud guerrera, ponía cara de perro con rabia. Ni eso hacía desistir a los muchachos y sus piropos poco creativos en las empedradas calles de San Telmo, allá por los 70, cuando Independencia era angosta. Además, el barrio me hacía sentir “como sapo de otro pozo” frente a mis compañeritos de colegio en el Centro. Al único que le gustaba era a mi viejo tanguero, orgulloso de vivir a metros de El Viejo Almacén. Pero había más cosas, menos "atractivas". Por ejemplo la CGT frente a casa. Ya pueden imaginarse lo que era la avenida Paseo Colón (nosotros vivíamos en el 797) en aquellos años. Desde nuestro departamento, en el piso 11, además del río, se veía todo. Cada marcha. Cada manifestación. Montoneros. Bombos. Y hasta vimos pasar, literalmente, el cajón de José Rucci, el Secretario General de la CGT, asesinado en 1973. “El cadáver de Rucci”, era justamente a lo que jugábamos mis hermanos y yo en los recreos del colegio, imitando lo que veíamos a los seis años desde la ventana.Dos plagas más el volcán Calbuco y el cambio tan bajo El volcán vomita fuego en la noche y en el día: ¡Ay, Jesús, Virgen María, atiende...